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"La llama de la Justicia" parte 1

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"La llama de la Justicia" parte 1

Mensaje por Scatha el Jue 22 Ene 2015, 11:25 pm

El mundo en dónde todos están muertos



Por las calles de Londres circula una muchacha de peculiar apariencia que ve reflejado en su vida el bermejo averno de su cabello. De él habían tomado el nombre sus padres, al ser el único rasgo que se habían esforzado en conocer de ella desde el momento de su nacimiento. Sus ojos zarcos se dirigen automáticamente hacia el suelo con la opacidad de la desesperanza, como si estuviesen deseando que la tierra la tragase y desaparecer finalmente de allí. Su rostro se tensa al escuchar el barullo de la gente a su alrededor, siempre había sido el centro de los más absurdos rumores y las más implacables burlas. El ruído estridente de las risas en sus oídos todavía aparecía en sus pesadillas.

El momento en que Scarlett se había convertido en la comidilla del instituto comenzó un miércoles cualquiera en que la joven había hecho novillos para marcharse a la biblioteca del centro. Era su forma de huir del aula que albergaba a todos aquellos seres incivilizados que no habían sabido contener sus progenitores y lo demostraban imponiendo la ley de la jungla cuál primates enfurecidos reclamando atención. Silenciosa, ella se limitaba a tomar uno de los libros que encontrase interesante de entre aquellas imponentes estanterías y leerlo en una de las mesas más alejadas de la estancia, como si nada más abrirlo estuviese cruzando el umbral de un mundo mágico que se desplegaba ante ella, empáticamente conectada con el protagonista del periplo. No sería exagerado afirmar que era la única interesada en las empolvadas aventuras impresas en dicho papel, ya que nadie retiraba los pedazos de papel que colocaba discretamente a modo de marcapáginas para no perder el hilo de la lectura.

En algunas de esas visitas, era común que el profesor que solía aprovechar sus horas libres como encargado de la biblioteca, que a su vez era su maestro de Lengua y literatura inglesas, tratase vanamente de entablar una conversación profunda con la abstraída joven. -Scarlett, ¿necesitas algo?- elevaba cuidadosamente la voz al pasar por su lado, afectuosamente, tratando de no sobresaltarla. Ella siempre terminaba por dar un respingo para conectar de nuevo con la realidad y responder -Estoy bien, Señor Lancaster, muchas gracias.- con un tono cortés altamente ensayado y fuera de lo común en el verdadero y tan reprimido ser de la muchacha. Afectado al ver que la muchacha no pensaba abrirse a él y comentarle lo que le ocurría, el Profesor Lancaster posó una mano sobre su hombro y esbozó una mueca de resignación.

Era sabido por todos que Edward Lancaster era un ídolo para todas las jovencitas del instituto. De porte sereno y aristocrático, su corto cabello trigueño y bien cuidado acompañaba a su gentil sonrisa como si de corcel y caballero se tratase. Siempre que entraban en contacto, Scarlett se ponía tan roja como su melena y tenía que ocultar su rostro tras su flequillo. Fue su primer y único amor hasta la fecha, un amor platónico. Esta conducta se repetía en las clases de inglés y fue aumentando progresivamente su intensidad hasta que incluso tartamudeaba sólo con ver que se dirigía a ella, como si un nudo en la garganta le impidiese decir lo que en realidad estaba pensando: “Tú, que aparentemente me comprendes, llévame de aquí mientras todavía no soy como ellos...”. Sin embargo, al final solamente contestaba a lo que éste le preguntaba y se sentaba, mordiéndose el labio para evitar que esas palabras saliesen de entre sus labios.

Con la atrevida ignorancia de la juventud, sus compañeras de clase -que también tenían interés en aquel profesor- planearon un escarmiento para la “osadía” de alguien a quien consideraban indigna de dicha aspiración. Sabían que ella era diferente y eso les daba miedo a todos, eran incapaces de aceptar a alguien que no seguía las mismas normas de conducta que ellos porque sentían que su indolencia ponía en tela de juicio todos aquellos valores que ellos habían erigido en su diminuto núcleo social. Era un ciclo de odio como modo de defensa que solamente podría terminar en desastre. Pero eso nuestra Scatha no lo sabía todavía...

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Un día cualquiera en que la muchacha volvía hacia su casa para teclear aquel nickname que la rescataba de la desesperación, sombras de desgracia la acecharon durante todo el tiempo. Al entrar en su vivienda, la asistenta la saludó con impecables modales y sus padres le formularon las típicas preguntas vacías para fingir interés sincero por su día. Ella contestó lo que sabía que les gustaría oír. Siempre tenía argumentos para ello, ya que acostumbraba a aprender muchas cosas a base de leer, no solamente relatos de fantasía, por lo que siempre podía fingir haber aprendido algo en cualquiera de las múltiples clases que tendía a saltarse. Cuando hubo terminado la comida, ella y sus dos hermanas menores acudieron a sus respectivas habitaciones a dedicarse a sus quéhaceres. Un nombre apareció en la mente de la pelirroja... Scatha.

Estuvo encarnando a ese personaje en múltiples videojuegos para no ver las manecillas del reloj indicando que estaba desperdiciando el tiempo del que disponía al huir de su propia piel. Finalmente, las horas pasaron y tuvo que abandonar la partida para ir a buscar a su hermana pequeña de las clases de Muay Thai. Sonrió por lo bajo, ya entonces le gustaba saber que aquella sería una jovencita de armas tomar.

Mientras estaba llegando al gimnasio en dónde practicaba las artes marciales, notó cómo alguien le tiraba del mechón delantero izquierdo del cabello, uno de los que llevaba sujetos por sus preciados abalorios. Otra mano la agarró por el cuello y la entonces sumisa Scarlett quedó arrodillada en el suelo tratando de comprender lo que sucedía. Una de las tres chicas populares del instituto la estaba doblegando por completo, como si se tratase de una fiera domada. La susodicha, Heather Blackthorne, iba acompañada por sus dos secuaces y por un grupo de fornidos hombres que parecían haber desplegado unas navajas frente a su rostro. Sus ojos se abrieron de par en par mientras escuchaba la verborrea de Heather en sus oídos -Eres una creída por pretender algo con el Señor Lancaster. ¿Acaso pensabas que iba a querer algo con una inadaptada como tú? Asúmelo, eres un bicho raro. Nadie te necesita en este mundo, nadie quiere saber nada de ti. Y que te hayas intentado tirar al profesor en la biblioteca ha sido el peor de los errores que has podido cometer en tu gusana existencia. Mereces morir. Lo mejor es que nadie está transitando la zona y mis amiguitos podrán deshacerse de tu cadáver. ¿Qué, ansiosa por ser una de esas múltiples muchachitas desaparecidas?- se comenzó a reír estridentemente y los cuchillos se acercaron a la yugular del objetivo, cortando su respiración. Iba a replicar para decir que todo aquello había sido un rumor infundado acerca de su estancia en la biblioteca pero otro grito la sacó de su ensimismamiento. Una voz de niña exclamó su nombre y corrió en su ayuda, vestida con un kimono, inconsciente del peligro que corría al abalanzarse contra tales culturistas de los bajos barrios. Scarlett trató de moverse para interponerse entre su hermana y ellos pero fue incapaz porque no le fue permitido por los filos que amenazaban con acuchillar su garganta. De un salto, su hermana le asestó una patada a uno de los gorilas de Heather, que se la sacudió de un manotazo sin miramientos, como si no tuviese la menor consideración ante la infante, cosa que Scarlett jamás hubiese concebido.

La pequeña salió volando un par de metros hasta que cayó rodando sobre una carretera por la que pasaba a toda velocidad un turismo azul metalizado cuyo conductor, incapaz de frenar ante aquel bulto inesperado que se había precipitado frente a él, comenzó a tocar la bocina para que se apartase. La joven estalló en una descarga súbita de adrenalina -¡¡No, Lillia!! NO, NO, NO, ¡¡NO!!- e ignoró el riesgo de apuñalamiento, empujando a todos los que se encontraban a su alrededor para propulsarse de un salto sobre el cuerpo de su hermana y cubrirla con su cuerpo. Pero no llegó a tiempo. El conductor se dio a la fuga, entrando en pánico y oliéndose los problemas legales a los que quedaría expuesto si se quedase, ya que llevaba un grave exceso de velocidad. Los agresores decidieron seguir el cobarde ejemplo. Lo único que quedó allí fue una pelirroja sollozando en pleno ataque de ansiedad que trataba de insuflar vida al cuerpo inerte de su hermana atropellada, rodeada por un corrillo de gente que se había horrorizado al ver la escena. -¡Llamen a una ambulancia! ¿No me oyen? Que llamen a una ambulancia. ¡¡Llamad de una vez, gilipollas!! ¡¡¡HIJOS DE...!!!- y el final de su soez frase terminó de ser pronunciada por ella ahogada entre el incesante caudal de sus propias lágrimas y el pecho de su hermana.

Aquel incidente se retransmitió en todos los informativos. La joven, cuyas declaraciones convirtieron a todos los implicados en autores confirmados del homicidio, tuvo que someterse a tratamiento psiquiátrico para tratar de recobrarse. Pero nunca lo hizo. Su mente se negaba a hacer como si no hubiese pasado nada. Aquel día, su hermana se llevó consigo una parte de ella, como si le hubiesen quitado un velo de delante de los ojos, como si le hubiesen extirpado un apéndice sin el que podría subsistir pero sin el que ya nada sería lo mismo. Su familia empeoró todavía más su relación mutua, con lo que eran varios extraños postrados emocionalmente ante el dolor que convivían en la misma casa. No lo decían pero la culpaban a ella por todo lo sucedido y la empezaron a tratar también como si fuese un ser extraño sin derecho a existir, algo irónico porque ellos la habían traído a la vida.

----------


A pesar de que le costaba levantarse de la cama por culpa de su depresión, hacía su mayor esfuerzo. En lo que ya no invertía sudor era en disimular quién era realmente, permitiéndose ahora protestar o evidenciar aquello que le parecía inadecuado, convirtiéndose en un ser furioso cuya alma castigaba el pecado.

Sus andares también habían cambiado y una seguridad procedente de no poseer nada más que perder se reflejaba en su conducta. Paseando por el parque al que solía llevar a Lillia a jugar, se paró a observar a la gente como solía hacer antes del accidente, para encontrarse con que ya no los veía con los mismos ojos. Ahora veía todas aquellas emociones que se había negado a ver en los demás, creyendo que era la única víctima y la única verdugo en su vida. Odio, tristeza, rencor y su misma indolencia... Todos continuaban con el curso de sus vidas como si creyesen que la rueda del Destino les depararía algo mejor que lo que estaban viviendo, con una esperanza tan poco plausible que hizo que sintiese arcadas hacia ellos. Los fulminó con la mirada, probablemente por ver aspectos que le disgustaban de su anterior ser reflejados en ellos, del estúpido ser que se comportaba como un borrego y que no había podido defender a Lillia de los lobos. Ni siquiera había tenido valor para ir al funeral a despedirse por última vez.

Trató de profundizar incluso más en aquellos sentimientos que le resultaban tan nocivos y pudo ver que apenas nadie sonreía con sinceridad. Sólamente los niños albergaban la pureza incorruptible, el no condicionamiento social y la ausencia de aquella sed de sangre que les llevaba a los unos a depredar de los otros de modos mayor o menormente sutiles. -Este mundo está muerto, Lillia. Como a ti, nosotros lo hemos matado.- y así era, tal y como Scarlett decía. Ese mundo estaba plagado de cadáveres que trataban de volver a la vida como muertos vivientes que proceden de sus tumbas de sufrimiento. Todo aquello le parecía una farsa. Nadie podía cambiar nada, todos estaban esclavizados bajo un orden que estaba mal constituído y ella no iba a poder cambiar nada. Del mismo modo, la Justicia había sido excesivamente benévola con los asesinos de su hermana y era incapaz de olvidar que, por el mero hecho de ser menores, habían obtenido un trato tan ligero. Apretó los dientes y los puños, consumida por la ira.

Ella se negaba a ser uno de esos recipientes vacíos sin emociones veraces. Sabía que cada día que pasaba viviendo sin querer hacerlo era un día que estaba muerta en ese mundo. ¿Cuánto tiempo llevaba ya fallecida? No era capaz de recordarlo. Pero ahora tenía a alguien por quien vivir aparte de ella misma. Viviría por Lillia. Buscaría un núcleo de personas que entendiesen su furia y que la ayudasen a canalizarla de un modo adecuado, a ser feliz. No quería alimentar ese ciclo de odio interminable, no quería morirse por dentro y no quería que nadie jamás tuviese que pasar por lo que ella estaba padeciendo en ese momento. Al fin y al cabo, todos eran frágiles humanos que se iban marchitando con el paso de aquellas molestas manecillas del reloj, con cada uno de los latidos acompasados con ese tic-tac que no perdonaba a nadie. Juró que encontraría alguna manera de protegerles.

Con aquel pensamiento rondando su mente, supo que debía seguir ensayando en mundos virtuales, creando prototipos de paraísos con su fuerza que después proyectaría con su inteligencia en la realidad. Decidió, por ello, invertir su dinero en el videojuego de "Sword Art Online", con las expectativas de futuro puestas en él y marcando éste un reset entre la vida previa al inicio de dicha partida y la posterior. Lo que ella no sabía es que el cambio que le esperaría era de dimensiones desproporcionadas en comparación con lo que ella aguardaba.

Tratando de ignorar los cuchicheos de aquellos que la reconocían, logró salir a la calle para efectuar la compra, para ir a un estudio de tatuajes y al cementerio a hablar con su hermana. Tras completar lo variado del recorrido, se dirigió a ella y le habló como si todavía pudiese oirla con aquellas orejitas que probablemente ni tuviesen forma ya, consumidas por la tierra en que todos morimos -Lillia, Scarlett ha muerto contigo...- y dejando escapar un par de lágrimas, con una sonrisa nostálgica, le mostró su muñeca derecha, en dónde figuraba recién grabado en su piel un acróstico a partir del que sería su nuevo nombre:

"Sabia
Clamorosa
Ardiente
Triunfante
Heredera
Audaz"

Todas aquellas poderosas palabras representaban en algún aspecto aquel ideal del que no debía desviarse nunca más si pretendía encarnar la justicia que faltaba en ese mundo. Partió entonces hacia el juego, sin tomárselo en serio al no poder preveer su inesperada gravedad, al no saber que aquella sería la última vez que habría visto a la difunta Lillia desde entonces. Ella estaba convencida de que aquel sería el comienzo de un largo periplo que culminaría en el mundo real, como algo tangible con lo que pudiese influir en esas personas zombificadas que tanto le desagradaban. Pero lo más probable es que fuese capaz de hallar la ansiada fuerza que procuraba incesantemente en el interior de aquel mundo, en el juego de supervivencia en el que se sentiría mil veces más viva que en los marginales barrios de Londres que rodeaban la zona en la que vivía con su ahora asediada por la tragedia... Familia.


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